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Ana Gracián

Inconmensurablemente el tiempo no se detiene, pero sí se detienen en tu mente los recuerdos y vivencias que has tenido, a veces, tan cercanas y otras que parecen décadas y, dentro de este remolino de sensaciones aprendes a evadir lo que te hace más daño, aunque ya ha transcurrido mucho tiempo, basta con que una imagen te devuelva al pasado al que no quisieras regresar jamás, pero conforma lo que eres, y así lo tienes que aceptar, asimilar, entender y sobrepasar, aprender a llevar dentro de ti la voracidad de sentimientos que se funden con tu otredad, investigar el recuerdo llevándote hacia un nuevo laberinto de concupiscencia, valorar esa experiencia que provoca en tu Ser regresar cuando ya habías avanzado lo suficiente y te sentías triunfadora del caos.

Ese comienzo, te permite retroceder para aclarar los recovecos que todavía están allí latentes y temerosos de vislumbrarse, pero están renuentes a irse antes de ser aclarados, de mostrarse como una luz que necesita obscurecerse primero, vaciarse y fortalecerse antes de seguir adelante, aunque duela, te castigues, sientas que todo se derrumba de nuevo, debes afrontarlo, o pagar porque alguien más lo saque y lo lleve a otro lugar recóndito de tu interior, pero si no sale, siempre permanecerá encerrado hasta que una canción, una imagen o una palabra lo haga salir de nuevo, entonces sientes como un gran vacío.

Antes vislumbraba el vacío como algo desagradable, hasta que leí una frase en un documental de Byung Chul Han ¨La sociedad del cansancio¨ en dónde dice: ¨el vacío es sagrado¨, nunca lo vislumbré así, siempre pensé el vacío como algo que se debía evitar, pero comprendí súbitamente que el vacío es sagrado, en efecto, porque te permite comenzar de nuevo, vaciarte hasta el tuétano para reconstruirte de nuevo, y lejos de  ser algo nocivo, es la mejor experiencia para sanar en tu vida. Partiendo de eso, entonces esos fantasmas que no te permitían avanzar salen a la luz, para irse, entonces en efecto llevan su carga, alejar culpas, dejar de castigarte por los errores cometidos de otros tiempos, y recordar ese vacío que sentiste en el pasado y que nunca lo pensaste, recobraste, y analizaste, solo lo sentiste con lo que conlleva, sentirte hasta debajo de la tierra,  más allá de las obscuras tinieblas del ¨Tezcatlipoca¨ en el inframundo, junto con Hades y Perséfone, ya lo viviste, en esa mañana que te sentaste en una explanada con árboles alrededor y volteaste al cielo, alguna lágrima corrió lentamente por tu mejilla y luego un sollozo que hizo que la tierra se estremeciera, pero ya fue, ya pasó, ahora lo recuerdas solo para fortalecerte y seguir de nuevo.

¿Cuál fue el detonante de esa sensación? la canción de ¨White rabbit¨ de Jefferson Airplaine, pero no solo eso, la película ¨Go Ask Alice¨, es curioso como en tu mente se asocian cosas que se esconden porque deben de permanecer allí, hasta que estés preparada para afrontarlas. Nunca había visto la película, pero leí el libro a los quince años, era un libro fuerte para mi edad, eso creo, pero cuando lo leí me dejó impactada, muchos años permaneció allí escondido ese cumulo de ideas, sensaciones, hasta que una mañana salieron a la luz, de una vez por todas con toda su magnificencia, curiosamente primero terminé de ver el documental antes mencionado de Byung Chul Han y después vi la película, y comenzó la sensación, el recuerdo, la maraña de ideas, como un gran conglomerado que se alista para dar su bienvenida a la introspección y recodarte que te falta todavía un gran camino por recorrer, pero estás avanzando así lentamente, sin prisa, solo entendiendo que el alma se tarda en reconstruir y que vas comenzando a conocerte y a aceptarte con todo lo que implica hacerlo, sin mentiras, sin aspavientos, la verdad a ti mismo, no la puedes ocultar.

Ve con un psicólogo, psicoanalista, no lo juzgo, incluso a ellos les puedes mentir, pero a ti mismo no te puedes engañar, por más que te creas tus propias mentiras, porque es un mecanismo de defensa que utilizamos para no ir al verdadero origen de nuestros problemas, porque lo hacemos para evadir, para no enfrentar, para seguir así, y que un día, un remoto día, algo o alguien nos vuelva a regresar de nuevo al principio, sin avanzar, solo dando vueltas sin parar, hasta que colapses y te vuelvas a sentar en una mañana nublada en una asta de bandera, mirando al cielo y diciendo ¿porqué?, ¿porque soy tan patéticamente débil?, ¿porque me gusta estar en esa línea entre la vida y la muerte?, es abismal y llegar al límite siempre es especial, aunque tengas que llegar a esa conclusión miles de suspiros después, millones de pensamientos retrasados en la vorágine de tu vida.

Te asusta, tienes miedo mirar en el interior de tu mente, pero debe de ser así, no de otra manera, porque la enseñanza que te espera no tiene recompensa alguna, más que tu Ser abarrotado de nuevas expectativas de vivir, formas nuevas para salir de esos escollos que te compenetran y se vuelven llamas, fuego incandescente en tu interior, las llagas sanan, porque son heridas que con sentirlas ya es suficiente dolor, pero esas llagas que se quedan ocultas solo pueden sanar con un resplandor abismal, estás dispuesto a enfrentarlo, aunque tu cabeza se trastorne y de giros en tu conciencia  resolviendo lo superficial, pero no abarcando los más hondo y primordial, eso siempre se deja para otro día.

Pero llega el momento esperado, en donde debes afrontar lo inevitable y no temer, creo que el temor, el miedo es uno de los sentimientos más peligrosos y nocivos para el Ser, no permite ver con claridad el presente, y allí es donde hay que trabajar porque esas sensaciones vienen del pasado, se alimentan de él, se arremolinan hacia el presente y frenan el futuro si no están completamente resueltas, nos regresan una y otra vez hasta el principio, nos atan y no nos permiten ser libres. El miedo a la muerte es una de las principales barreras que nos permite tener esos subterfugios de olvido del Ser, es en donde aprendes más, de tener precaución de no ir al límite, pero sobrepasar ese limitante es lo que hace que aprendas más allá de lo permitido, de lo prohibido se aprende con heridas pero tarde que temprano hay que pagar tributo. Esa es la consigna.

Decidir ir a la muerte en vida, un minuto, un segundo, es solo el paradigma que fortalece nuestra propia y expectante continuación vivencial, Hegel nos habla de la capacidad de tomar distancia de nuestros propios impulsos “para llegar a tener libertad”, es decir, ser capaces de controlar lo que somos, pero la libertad también se alcanza arriesgándonos a asumir esos impulsos y afrontar las consecuencias, aunque algún día tengas que sentir ese vacío del alma, es una forma de llegar a la libertad de otra manera, porque si el vacío es sagrado, debemos de llenarlo con hermosos momentos, con sonrisas rimbombantes, con sueños resplandecientes, besos ardientes, caricias sanadoras, palabras halagadoras, miradas deslumbrantes, música visceral, poesía estremecedora, danza ancestral mística, charlas en el otoño en la alameda, carreras que aceleran el corazón, sentir la piel del otro, que como nosotros también tiene su vacío sagrado, su mirada al cielo en algún momento de su vida, su límite entre la vida y la muerte, sus fantasmas que aparecen de repente y lo llevan al inframundo, juntos llegamos a ese colibrí sagrado que nos ayuda a llenar el vacío, a esa Coatlicue cuya cabeza es nuestra dualidad de serpientes que se encontraron en un punto preciso, ni antes ni después, en el momento exacto, creando y renovando el universo,  porque como dice Octavio Paz “Amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia, el mundo cambia si dos se miran y se reconocen”.

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