Al final era el frío

Diogo Duarte

Las ideas sobre el fin del mundo son probablemente tan antiguas como el inicio de la vida humana. El miedo a lo desconocido y a la impotencia frente a fuerzas insondables (la naturaleza, dios, la muerte) se desplegaron en nuestro imaginario en múltiples expresiones de vulnerabilidad y de lo efímero de nuestra condición. En las últimas décadas, hubo una explosión de la consciencia de la posibilidad de ese fin: en el cine y la música, en las ciencias naturales y sociales, en la filosofía. Pero la forma como anticipamos e imaginamos ese fin, cambió. Dios murió antes de su propia creación y ya no es el centro de nuestros temores. También las catástrofes naturales dejaron de ser reducibles a la idea exógena de <<naturaleza>>: Son, cada vez más, resultado inevitable de la acción humana. E incluso la violencia de sus efectos es, principalmente, consecuencia de la desigualdad que estructura nuestras relaciones y no de la incapacidad paralizante de otros tiempos.

Seísmos, inundaciones, epidemias, tal como vivimos los últimos años – Haití, 2010; Katrina en Nueva Orleans, 2005; Ébola o, por qué no, la presente COVID-19 – catástrofes con una dimensión mucho mayor que la simple fatalidad natural. El ser humano se ha convertido en el principal agente de su propia destrucción.

En Portugal, una de las señales más recientes de esta sensación de fin que atraviesa el mundo viene  de aquellos que un día fueron apellidados <<narradores de la decadencia>>, como es la banda Mão Morta, con el reciente álbum No Fim Era o Frio (Al Final Era el Frío, 2019). En el escenario que vivimos estos días, el álbum parece haberse convertido súbita y paradójicamente en desplazado, desfasado y hasta anacrónico. La amenaza de los cambios climáticos que subyace a su narrativa dejó de ocupar el centro de nuestras preocupaciones respecto al colapso civilizatorio y a la destrucción del planeta. Pero buscar en el imaginario de las distopías / utopías previsiones futuras es un error. Éstas no sirven para obtener mapas, profecías o proyectos acabados. Más que lo que dicen sobre el futuro, es interesante lo que dicen sobre el presente en el que surgen. No sólo como crítica de ese presente, sino como síntomas del descontento y de las percepciones críticas más o menos difusas que lo atraviesan.

Por eso mismo, el apocalipsis que narra el álbum de los Mão Morta continúa tan actual como hace seis o siete meses atrás, cuando fue lanzado. Lo más importante no cambió: seguimos siendo los agentes de nuestra propia destrucción. La mayor amenaza no está en el mar que invade la tierra y nos empuja a las montañas, como en No Fim Era o Frio, o en los virus invisibles y pesados que nos llegan principalmente a través de su espectacularización mediática. El frío del que nos habla el título habita entre nosotras desde hace mucho tiempo. Lo sentimos todavía más ahora en la soledad de nuestras casas, en el tedio de las rutinas entre paredes, en las fugas esporádicas e cronometradas a un exterior donde antes encontrábamos calor y donde ahora sólo parece haber distancia. No necesitamos de los trajes herméticos que impiden el tacto, el beso o el amor (de la canción O mundo não é mais um lugar seguro) para comprender que la atomización es aquella que nos cuenta esta historia. Ni necesitamos de las paredes acristaladas de un búnker para reflejar nuestra agonía (en el tema Passo o dia a olhar para o sol), nos bastan las paredes de nuestra propia casa.

La actitud expectante que nos toma “a las ventanas acristaladas, a aguardar las aguas que se aproximan”, o que nos hace pasar “el día mirando al sol, ofuscados por el ansia de la salvación”, sin dejarnos “llamar vida a esta inercia”, hace mucho que se banalizó. El mundo que es narrado y que no es más un lugar seguro, es un mundo que hace mucho dejó de serlo; es el mismo mundo que se convirtió en “solo un lugar de incomodidad creciente y de una soledad cada vez más cruel y sin fin a la vista” (idem). El presente sólo ayudó a exponer la atomización y la soledad que hace mucho se extendía de manera más contagiosa que cualquier otro brote pandémico. Pasó a ser una consigna de moda repetido incontables veces, la idea de que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. La crisis se instaló de tal forma que dejamos de conseguir imaginar un mundo diferente después del fin de este. 

Pocas personas consiguen prever sus posibilidades más allá de un muro que nos cierra en esa impotencia. Forzadas a entregarnos a nosotras mismas, no conseguimos sino dejarnos abrumar por el tedio de contemplar el mundo que se marchita, como personas atadas a un presente que parece eterno. Hasta los deseos de quien nos dice que después de esto algo va a cambiar, porque la pudrición ya no puede esconderse más debajo de los adoquines brillantes y está ahora a la vista de todo el mundo, son poco más que sueños pasivos. Son una esperanza, esa correa de sumisión de la que nos hablaban hace más de veinte años los mismos Mão Morta, citando a Raoul Vaneigem (en el tema Há Já Muito Tempo que Nesta Latrina o Ar se Tornou Irrespirável, 1998).

La idea del virus parece acelerar la normalización de esta paradoja que es una comunidad atomizada. El Otro, que siempre sirvió para unir comunidades, ya no es algo que se distinga de un Nosotros, como algo exógeno. Es, sí, algo que puede estar dentro de nosotros. Cualquiera puede ser el enemigo. La fantasía del coco terrorista trajo al enemigo cerca nuestro, pero los virus lo superaron trayéndolo directamente a nuestro interior. Si el terrorismo ya servía para abrir la puerta a todo tipo de aparatos de seguridad y vigilancia, imagínense lo que nos trae el miedo de tener que enfrentar a un enemigo desconocido e invisible que afecta a todas las personas sin excepción, poniendo, por tanto, todo al mismo lado. Es el enemigo que no suscita ninguna posibilidad de simpatía, condescendencia o comprensión. No es ninguna entidad con intereses específicos que esté amenazada – una nación, una religión, un ideal -son todas las personas como la misma especie.

Así nos lo quieren hacer creer. Tal vez para que pasemos a creer que estamos de hecho “todos en el mismo barco”. Pero no lo estamos. Acabo como empecé: los desastres naturales, o todos los escenarios que podamos imaginar que el fin asumirá, hace mucho que dejaron de ser naturales. Tales desastres son tan naturales como sociales. Y lo mismo se puede decir de la forma en la que nos impusimos como especie sobre el mundo y lo modificamos en función de nuestros designios. La diferencia entre sociedad y naturaleza nunca fue tan pequeña. Solo obedece a la voluntad de quienes buscan naturalizar el calculismo de su acción frente a la catástrofe, “la crisis que ahí viene”, o las respuestas draconianas y desproporcionales que vienen envueltas en el manto de “emergencia”. Si esta es una guerra, acordémonos que no hay guerras en las que sea imposible distinguir entre el amigo y el enemigo. No entreguemos nuestra voluntad a quien hace de la catástrofe una fatalidad para eximirse de la responsabilidad de sus decisiones. Ese es el enemigo. Y, mientras el mundo se acaba, hay otros mundos por hacerse. No solo nos queda el frío. Aún.

Traducción del portugués por Eva García Moreno.

La lectura y disfrute de este artículo es posible gracias al soporte de las amigas de la Revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas, así como de las generosas autoras y amigas del Jornal Mapa portugués, a quienes agradecemos por permitirnos reproducir tan importante reflexión. No dejéis de seguirles la pista, les dejamos aquí los links para les visiten.

https://www.jornalmapa.pt

https://www.soberaniaalimentaria.info

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