Eva Machado Hernández

La oscuridad en la sombra

Creo que todas las civilizaciones que quieren llamarse modernas, se anclan en un pensamiento dicotómico que no les ayuda a funcionar con propósitos sostenibles: por un lado siempre creen ser mejores que las anteriores o que las demás, más avanzadas a todos los niveles, mientras que a la vez creen afrontar las peores tragedias, catástrofes o daños tanto a la sociedad como al planeta. La cuestión para mí es que ninguno de estos pensamientos ayudan realmente, pues justifican una especie de manipulación continua de nuestros miedos a cambio de seguridades y derechos que se proveen desde afuera. Es decir, creer que somos la sociedad más avanzada que ha tenido nunca la Tierra, gracias a la medicina, la educación, la tecnología y los servicios, nos puede hacer creer que estamos mejor que nunca, que no tenemos motivos por los que mejorar ni por los que avanzar, que no sean los del mercado, claro, pues nuestras seguridades están literalmente aseguradas mientras no miremos ni pensemos sobre el resto del planeta, claro.  

Por otra parte, pensar que somos la peor sociedad que ha habido en la Tierra por la contaminación, el hambre, las enfermedades, las guerras, el racismo, la desigualdad, etc., nos hace creer que no hemos avanzado nada, que no hemos realmente mejorado como sociedad global, que seguimos siendo unos brutos cavernícolas a los que hay que poner límites, decir lo que hay que hacer por nuestro bien porque hay muchos peligros. Nadie se fía de nadie, ni se muestra a nadie como es. Además, esto combina estupendamente para el mercado de antes que nos vende seguridad. Se puede ver que la sociedad occidental vive estos dos pensamientos como una contradicción en su extremo máximo. Con el tiempo suelo encontrar contradicciones en los aspectos más profundos que revelan verdades importantes de nuestra existencia. Una manera de pensar que permita acomodar y comprehender contradicciones es esencial para poder observar nuestra compleja realidad de una manera más completa, y apta para responder a la naturaleza tan diversa del ser humano. En este sentido, comparto la definición de inteligencia del escritor novelista Scott Fitzgerald, «La prueba de una inteligencia de primer nivel es la capacidad de mantener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y aún así conservar la capacidad de funcionar».

Hoy reflexiono sobre esto porque no quería empezar directamente con el tema por el que me he sentado a escribir. Es un tema desgarrador y, cuando me planto ante cosas de tal oscuridad y dolor, suelo tratar de recordarme cómo funcionan estas dos visiones en mi mente para no quedar emocionalmente comprometida en una disputa eterna entre culpabilizar con gran ira o justificar con una compasión autoindulgente todo lo que hacemos. Trato de vernos en conjunto y con nuestras contradicciones, para podernos aceptar tal y como somos, a mí incluida, como paso previo a decidir cómo voy a actuar o manifestarme en relación a ese tema, habiendo cultivado también, una mente clara y apaciguada desde la que pensar. Yo me incluyo, evidentemente no solo porque soy una humana más, si no porque cuanta más oscuridad descubro en el mundo, más oscuridad descubro y soy capaz de reconocer en mí. Sé en mi fuero más interno que parte de lo que ha hecho que no sepamos qué hacer con nuestras partes oscuras como individuos y como sociedad ha sido precisamente el negar su existencia, el tratarlo de tabú o el dejarlo sólo para las cárceles y los psiquiátricos. Nuestra aproximación a nuestras oscuridades es la misma que al tema de la muerte, lo más lejos y tapado que se pueda, por favor. 

Hoy quiero escribir sobre una situación muy dolorosa que cada vez estoy viendo más a la luz, debido al enorme caos en el que estamos ahora y que está conllevando que mucha gente se atreva a mirar en el sótano, aunque en principio estuvieran buscando otra cosa. Muchas de las personas que han empezado a buscar sobre este tema han sentido una desesperación profunda por no saber cómo sostener tanto dolor, por no saber qué hacer, y por no saber ni con quién compartir algo así, puesto que hoy en día la gente prefiere conversaciones sobre series que sobre nada real que requiera participar de la vida. Es un tema en el que de verdad parece que no podemos hacer nada y, sin embargo, me siento aquí a escribir sin querer pensar que al final mi escritura también es una manera de apaciguar mi inquietud y que quizá se quede en esto y ya… porque, ¿qué puedo hacer yo? Mucha gente responde, crear conciencia, informar puede ayudar… pero es que a muchos que miramos este tema se nos hace tan ínfimo comparado con la cantidad de dolor que sabemos que está ocurriendo cada segundo. Me intento decir que una cosa no quita la otra, que todo suma, y que una persona sola no puede cargar más de lo que le corresponde. Pero también creo que si de verdad se moviera lo necesario, tenemos entre todos capacidad más que suficiente para esta carga y mucho más. La pena es que estamos tan divididos, tan desorientados, tan confundidos, tan distraídos, que no podemos sostener la atención casi ni para leer libros o cuidar un árbol, que te voy a decir para participar activamente en la construcción de nuestra sociedad. Mejor que se ocupen otros, total todo el mundo es corrupto, harían lo mismo si tuvieran ese poder, y un largo etc. de justificaciones que dan las personas que han perdido la esperanza y la voluntad. 

El tema que se me derrama del corazón desde hace tiempo sin lugar hacia el que fluir, hasta hoy, es el tráfico infantil. Nada grave, no, no vaya a ser que distraiga del tema importante del momento y me atreva a decir que la respuesta política ante esta pandemia ha sido otra manera de manipular nuestra atención para que pierda proporción y capacidad de reflexión profunda, capacidad lúcida y crítica de mirar temas como éste y otros que pondrían en cuestión y amenazarían desde la raíz el tablero de ajedrez de los grandes poderes. No soy para nada una experta en tráfico infantil, no trabajo a diario con la desgracia de esta realidad, pero conozco a gente que sí, y también pude verlo con mis propios ojos aunque por un periodo breve. Acabé absolutamente quemada y con una enfermedad crónica por la rabia y frustración que me generó la impasividad de toda Europa ante este tema. Me ha llevado varios años recuperarme y trabajarme a un nivel muy profundo para poder tratar estos temas sin hacerme tanto daño a mí misma, ya que la primera vez me pilló muy joven, inocente y sin preparación alguna, igual que a muchos de mis compañeros en el campamento de refugiados. Pero esto también me ha dado unos años para ampliar la perspectiva y cuento con que la vida lo seguirá haciendo. La vida no te prepara para nada, la vida te atraviesa, y si la dejas te vive y si no te mata. Mi resistencia ante el tema casi me mata, ahora lo quiero vivir aceptando lo que es, aunque duela, y comenzar por mirar muy adentro a las profundidades de lo más oscuro y escondido en nosotros, para empezar a iluminar a rinconcitos. 

Una de las mejores maneras de hacernos desconectar y hacer posible hablar del tema sin que nadie se mueva o conmueva por ello es el uso de números, y los medios lo saben muy bien. Se empiezan a dar números, y cuando ya pasas el 1 de Madeleine o de Aylan, y empiezas a decir 100, 200, 2000 o 50000 niños desaparecidos al tráfico ilegal de órganos o sexual, ya da igual, más o menos, son cifras que se hacen imposibles de seguir. Tampoco nadie se va a dedicar a poner cara a cada número y contar la historia, hablar con los padres o descubrir el origen y razón de tantos niños sin padres. La verdad es que yo sí veo nombres de niños y niñas, sus caras, sus padres o la ausencia de ellos. Me pregunto ¿qué tiene que cambiar?. Me doy cuenta de que no soy nadie para responder esta pregunta en lo que se refiere a tener un rol activo en la situación, así que decido ponerme mi gorro de psicóloga y esto es lo que desde ahí puedo aportar. Creo que gran parte de lo que tiene que moverse para que muchas cosas se solucionen puede ocurrir ya desde el pequeño campo de acción más inmediata que tenemos todos y cada uno, el de nosotros mismos. 

La oscuridad nos sobrepasa, creemos no tener los medios ni la forma en que afrontar algo así, por lo que depositamos la idea y la congoja en una cajita, y la enterramos bien profunda entre las sombras de nuestra psique. Al final acabamos teniendo miedo a nuestra propia mente, nos incomodan nuestros propios pensamientos cuando se vuelven oscuros, negativos o dañinos contra nosotros mismos, sin darnos cuenta de que en parte se debe al hedor de lo que escondimos y, que aunque nuestro consciente se haya querido olvidar, nuestro inconsciente se ve con grandes dificultades para gestionar la cantidad de energía que requiere ocultar bajo capas de oscuridad un dolor tan esencial como el de pensar que hay bebés siendo violados, o niños sin riñones por ahí, o niñas menores de 5 años siendo disfrutadas por señores y señoras pudientes. 

Por supuesto esto es algo que no guarda relación directa con nuestra vida, y en esa oscuridad hay muchísimas otras cosas propias (inseguridades, traumas, complejos, creencias, deseos, fantasías) en las que se gasta mucha energía para impedir verlas o afrontarlas, ya sea porque no podemos o no supimos cómo afrontarlas en su momento, y eso fue lo único que supimos hacer. La cuestión es que la oscuridad está llena de sombras que metemos para esconder lo que no sabemos afrontar, y creemos que la oscuridad es lo peligroso. Resulta que para cualquier tema que nos de miedo afrontar, la oscuridad sería nuestra mayor aliada. Familiarizarnos con ella, sabernos mover en ella, sabernos sentir en ella, todo ello sería lo que precisamente nos permitiría no acongojarnos cuando estemos frente a las personas que dirigen el show de sombras en la oscuridad del inconsciente colectivo de la humanidad. 

Al temernos a nosotros mismos en estas dimensiones, le damos todo el poder para que nos manipulen a esos niveles, sin tener idea alguna de lo que sucede, mientras a la par compramos productos derivados de sus compañías tapaderas. Es decir, las personas que dirigen las organizaciones de tráfico saben que cuentan con la pasividad de la conciencia de la humanidad, saben que cuentan con el sobrecogimiento de los recursos de las personas para afrontar no solo sus propias sombras si no también las colectivas, saben que el caos en el que estamos ahora es de lo más lucroso para sus negocios pues estamos aún más agotados y confusos. Aunque me sepa a poco, a día de hoy podemos hacer lo que podemos hacer. Algunos son capaces de sostenerse a sí mismos hasta tal profundidad que pueden investigar y tratar de destapar a los involucrados en estas tramas. Otros y creo que somos la mayoría, tenemos al menos el deber de dar los primeros pasos hacia adentro, a trabajar nuestro autoconocimiento para contactar con la fuerza vital que nos sustenta y alimenta, a reconocer sus fuerzas constructivas pero también las destructivas. A cultivar nuestra atención para saber dirigirnos hacia lo que es importante y no a lo que nos vayan señalando. A recuperar cualidades como el sosiego, el temple, la asertividad y la disciplina que han logrado hacernos creer que son lo opuesto a la libertad cuando son los cimientos de ella. 

Al final nada de verdadera importancia se construye estando solo entre todo esto, habrá que dar el paso de conectar tanta comunicación con un poco más de comunidad, como le oí decir al antropólogo Josep María Fericgla. Con la suficiente humildad y compasión podremos ir al encuentro del otro que, igual que nosotros, está más adelante o atrás en el camino, que también tiene sus miedos y problemas y que hace lo que puede. Quizá, junto con algo de respeto del de verdad, el esencial, podamos sumar piezas y, hagamos un tablero tanto más grande, profundo y enraizado en el amor que el de cualquiera de estas personas que dejaron que sus sombras organicen y alimenten esquemas de poder desalmados. Ojalá ellos también tuvieran la oportunidad de recorrer la enorme distancia que han ido generando de sus propias almas, que con cada paso se sepan acompañar y perdonar y quieran reparar de algún modo lo realizado. Aquí es donde tocaría a los demás demostrar la humanidad y compasión, porque todos podemos y merecemos descubrir todas nuestras sombras a la luz del día, y ser amados e incluidos en la red humana el día que queramos integrarlas y usarlas para el bien de todos y de todo. Las piezas del puzzle no pueden ser las mismas de siempre, no sirve jugar con una pieza del amor en un tablero del miedo. Toca redefinir el juego, los jugadores y las jugadas para incluir todas nuestras dimensiones, sin dejar nada fuera. 

En este momento es fácil adoptar cualquiera de las visiones expuestas al comienzo, podría ser que hemos logrado avances que ni habían soñado las civilizaciones antiguas, que hay muchísimas menos guerras a nivel mundial que las que ha habido nunca, y menos hambre, y más educación, e igualdad que nunca. Por otra parte, podemos pensar que estamos ante la peor amenaza que ha enfrentado nunca la humanidad en lo referido al cambio climático, la migración o la más reciente pandemia, pero sobre todo por nuestra actitud ante estos eventos. También podemos centrar nuestro pensamiento en que existen todavía redes oscuras de organizaciones por el mundo que ostentan gran poder e influencia y mantienen a muchas otras naciones, pueblos y personas oprimidas, con ninguna oportunidad de desarrollarse por sí mismos. Todo ello nos divide en líneas de pensamiento cuyas emociones contradictorias anulan nuestra capacidad de comprensión y de acción, lo que se refleja también en la creciente división entre las personas. Llamamos incivilizadas a las tribus por mantener una estructura humilde y simple, una relación directa y respetuosa con la naturaleza que no busca explotar todo recurso sin mirar al futuro, que mantienen sus tradiciones unidas a sus significados originales para los que tienen valor y una utilidad práctica creando lazos profundos entre sus miembros, y todo ello nos lleva a pensar que son unos pobrecitos que no han podido avanzar. Sin embargo, para mí los que no avanzamos y los que nos alejamos cada vez más de nuestra esencia, somos nosotros. 

Quisiera terminar con una simple lista de ideas prácticas que comparto para afrontar éste y otros temas que se vayan destapando y que requieren de personas ágiles y lúcidas:

  1. Para el cuerpo: encuentra uno o varios ejercicios que requieran que le dediques atención a tu cuerpo desde adentro, no como se ve, guapo o feo, arreglado o no, si no cómo lo sientes, qué necesita, y cómo cuidarlo. Afianza y profundiza esta relación cada día. 
  1. Para la mente y emociones: lee y medita. Haz todo lo posible por aprender a dirigir y sobre todo redirigir tu atención. Cultiva tu mente para saber explorar tu interior y así conocerte y entenderte, no te quedes solo rebotando entre lo que te gusta o no de tí. Busca ayuda si es necesario para adentrarte en tus sombras inconscientes, de forma que empieces a construir una vida con consciencia de tus necesidades, de tus carencias, tus heridas, tus miedos, tus fantasías, tus traumas, y todo lo que si no reconoces acabará por sabotear cualquier plan que te propongas. La lectura es una manera excelente de ampliar las carreteras de tu mente más allá de las narrativas que te parasitan desde los medios y las redes sociales. 
  1. Para el ser: recupera momentos para conectar contigo mism@ haciendo cosas que te gustan, que traen gozo a tu corazón. No se trata de hacer, si no de recuperar la dimensión del ser, de conectar con tu dimensión atemporal, donde poderte reconocer y afianzar en tu esencia no condicionable. Suele ayudar compartir con un grupo de confianza alguna forma de reunión y actividad como meditar conjuntamente, o cantar, o cocinar, o lo que quieran y, que a modo de rito habitual, tengan un espacio en el tiempo para reconectarse y acompañarse. 
  1. Para los vecinos: Comunícate con los que te rodean de manera más inmediata. No te quedes solo con los que piensan igual que tú, esfuérzate por buscar temas en común con personas que piensan diferente a tí, déjate enriquecer por otras maneras de mirar la vida. Practica la conversación a través de tu corazón en lugar de la pantalla del móvil. 
  1. Para la sociedad: Colabora con alguna organización o junta un grupo de personas que puedan aportar algo relevante para la situación que te preocupe. No te quedes compartiendo posts en facebook, ese mismo tiempo sería de gran utilidad puesto al servicio de algún proyecto con buen trasfondo. Haz clic aquí para ver una enorme lista de agrupaciones que están afrontando este tema a nivel local e internacional.
  1. Para el planeta: Escoge una o dos áreas en las que te veas capaz de hacer un cambio consciente que contribuya a reducir el impacto que tenemos en el medioambiente y los recursos del planeta. Cada acción cuenta, sobre todo, cada acción dañina que se deja de hacer permite que los mecanismos inherentes de homeostasis y reparación del planeta puedan actuar. Cuanta menos presión en el planeta menos justificación de grandes órdenes mundiales. 

Agosto de 2020, Canarias, España.

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